Ama


…la palabra es un hilo

de voz, y es una madre….

 

…un ritmo del espacio,

en su curva rodando…

 Vicente Alexandre

 

Ámame, ama. Ama a ama. Mamá te ama. Mamá te da de mamar. Todos los idiomas del mundo poseen palabras muy parecidas para llamar a las madres: mamá, umm, mom, ma, ama. La explicación es, en la misma medida, sencilla y tierna: el sonido de un bebé amamantando es el que da nombre a la mujer que tradicionalmente nos da de comer (cariñoso guiño a las mujeres que dieron de comer a hijos que no habían parido, a las que conocen a sus hijos ya creciditos y a las que no quieren dar un uso tan “tierno” a sus pechos). Nos encontramos así, tomando como ejemplo el español y el euskera, que el imperativo del verbo “amar” coincide con el término que en euskera utilizamos para nombrar a nuestras madres: “ama”. Casualidades de la lengua. Sinónimos forzados. Influencias. Quién sabe. Mamás que aman, aunque no quieran.

Están marcadas por cientos de virtudes. Son, necesariamente, atentas y cariñosas. Nos arropan y acompañan durante toda nuestra vida. Amables, ordenadas, tiernas, responsables y sensibles. Dedicadas por completo a nuestra educación. Pierden su nombre propio e, incluso, la persona que se acuesta con ellas y con quien hacen al amor a escondidas (para que no lo escuchemos) empiezan a llamarlas “ama”, “amatxu” o “mamá”. Nunca se cansan de los mocos, el puré, las zapatillas sucias. Nunca quieren tiempo para ellas porque su única satisfacción somos nosotros. Las valientes que viven su maternidad sin hacer de ella su profesión, pasión y futuro son juzgadas sin piedad. Y aun dedicándose toda la vida a convertirse en la madre que creemos deben ser, ninguno de sus hijos pensamos que, tal vez, han sacrificado demasiado.

Debemos intentar conocer a la mujer que nos dio la vida, sea la que nos trajo al mundo o nos salvó de él. Conozcamos las virtudes que la diferencian. Piénsenlo: casi todos describiríamos igual a nuestras madres aunque todas ellas sean tan, necesariamente, diferentes. Y ahora, observen lo que reflejan ciertas curvas. Cada vez que lean la palabra “ama” piensen en amar a sus madres pero piensen en su nombre propio, en sus cuerpos desnudos, en sueños desconocidos y tan poco tiernos o maternales. Los garabatos de Mikel Varas son ilegibles sin luz y eso permite que cada cual elija su propia bombilla para descubrir qué esconden esas curvas. Ya saben, las ventajas de la imaginación. Yo he elegido una bombilla que me permite leer: Esther.

Pero en los pozos oscuros en que me hundo,

cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,

siento las lágrimas pujando;

veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,

blandiendo condenas contra mi felicidad.

Impertérritas niñas buenas me circundan

y danzan sus canciones infantiles contra mí contra esta

 mujer hecha y derecha, plena. Esta mujer de pechos en pecho

y caderas anchas que, por mi madre y contra ella, me gusta ser.

Gioconda Belli

Nota: Este texto ha aparecido publicado en la obra “Negro contra luz” del poeta y escultor Mikel Varas

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s