Me cago en el amor o cómo tragarte a Alejandro Sanz

No sé cuántas veces he empezado ya este artículo. Mi vida me está obligando a pensar en el amor, a desempolvar los apuntes que tomé en las charlas de Mari Luz Esteban y a intentar aplicar mi experiencia lésbica a lo que escribe Coral Herrera.

El caso es que, independientemente de los recursos que tengo a mano para poder hacerlo, creo que ha llegado el momento en el que detenerme a pensar en cómo amo. Me muevo entre el miedo a la exposición y necesidad de expresarme.

Escribo este artículo yo; lo ilustra Irene Ortiz y lo sufren muchas de las personas que me quieren y a las que quiero. Mucho.
Escribo este artículo yo; lo ilustra Irene Ortiz y lo sufren muchas de las personas que me quieren y a las que quiero. Mucho.

Últimamente sólo hablo de esto, en una búsqueda incesante de respuestas que me ayuden a entender los cambios que están dándose en mi vida. Una de la conclusiones que he sacado en claro es que no consigo romper con la idea del amor como meta. A partir de esa premisa, que aunque detecto no consigo destruir, me pillo poniendo en distintas balanzas a personas y sensaciones, dejando muchas veces de lado mi intuición para lograr cumplir algunos mandatos impuestos de los que no sé cómo deshacerme. Uno, el obvio, el maldito amor romántico, que me ha impulsado a aceptar cosas que no me gustan porque quizá a la larga podrían compensarme en ese camino hacia encontrar a una persona que pueda acompañarme a lo largo de la vida. Esto provoca que me cuestione algunas decisiones y que crea que hay diferencias que podrían salvarse en nombre del amor. Me siento egoísta al asumir que no quiero nada que no me haga 100% feliz, que no me sirven las medias tintas, que necesito muchas cosas y que no hay nada de malo en buscarlas, que no quiero trabajar el amor sino vivirlo. Me lo digo muchas veces para convencerme, sobre todo cuando me invade un miedo terrible a la soledad a pesar de contar con una red maravillosa de personas que me sostienen. Me lo cuento también cuando entiendo que voy a tener que convivir siempre con una pregunta terrible: “¿Y si me he equivocado”?

El otro mandato que me cuestiona es el del amor sano, feminista, el amor político, el que quiero y rechazo con la misma intensidad. No sé si me duele más encontrarme cantando una canción de Malú o descubrir que no sé querer como propone La Otra. Ahora que he incluido en mi marco teórico las propuestas que me han enseñado que no necesito a nadie a mi lado, que soy una naranja entera y que sólo yo puedo cubrir mis propias necesidades, me siento vulnerable al enamorarme, al leer a Elvira Sastre o al sonreír tímidamente con alguna estrofa de Alejandro Sanz. Me siento pequeña al sentir mariposas en el estómago, al ponerme nerviosa cuando hablo de alguien. Yo no quiero perderme algunas cosas. No quiero, no quiero, no quiero.

Topar con el egoísmo

En esta búsqueda incesante de emociones, de vivirlo todo al máximo, de dejar que el amor fluya sin poner ningún límite a nada, me encuentro de lleno con el egoísmo. ¿Hasta dónde puedes dejarte fluir? ¿Hasta cuándo es legítimo dudar? ¿Puedo vivir mi vida como a mi me apetezca en cada momento? ¿Explicar a las personas con las que te relacionas sexoafectivamente en qué punto estás es suficiente? ¿Qué se hace cuándo no tienes ni idea de lo que quieres? ¿Alguien puede ayudarnos a vivir nuestros amores?  Esto, la búsqueda incansable de otras opiniones para entenderme es otro tema, pero que abordaré antes de que explote en la cara. Una amiga me dijo hace poco, con su fina ironía: “A ti que no te cuenten nada, ¿eh?” ¿Querer vivirlo todo es egoísta?

No quiero perderme los efectos que el amor provoca en mi cuerpo, esas sensaciones que no pasan por la cabeza. Sobre todo, en mi caso, en el que me reconozco en la misma medida racional e impulsiva. Una mezcla explosiva, vaya. Esto se complica aún más cuando sabes que no estás suficientemente protegida, que corres riesgos, que va a doler y que quizá no tengas tantas herramientas como creías para superar el desamor, pero, ¿hasta dónde dejo entrar al feminismo? ¿Cómo se quiere políticamente? No quiero un amor aséptico, en el que se firmen acuerdos solemnemente como si tuviéramos congelado el estómago.

Hay amores que dependen de demasiados factores externos para poder hacerse; amores que no compensan; que duelen; que nos cuestionan cómo entendemos y construimos el mundo con el que soñamos; amores que no pasan el filtro del feminismo, que se aderezan con el ‘Sin ti no soy nada’ de Amaral. Otros, fluyen sin dificultad por nuestra vida, con tanta facilidad que no dejan huella. Historias a las que llamamos amor porque necesitamos saber que esa palabra tiene un lugar, que nos enfrentan a nuestros peores fantasmas: los que nos recuerdan entre burlas que no sabemos estar solas. Amores que aceptamos por compromiso, porque nos lo ha dicho la balanza, porque encajan en nuestros esquemas, porque compensan, porque nosotras también jugamos a la oferta y la demanda.

Quizá esté enganchada al amor, igual es que me queda mucho por aprender también sobre ello y dentro de unos años me avergüence de estas palabras, pero, ahora, asumo los riesgos de amar. Es verdad que me planteo esta posibilidad dentro del marco del lesbianismo, que si bien no es la panacea, si responde a una forma de amar que parte de un lugar menos peligroso. No dejaría el paracaídas en casa si fuera hetero porque cada vez tengo más claro también que ese tipo de relaciones siempre surgen y se desarrollan a partir de una desigualdad. Imagino que eso puede trabajarse, pero no es mi batalla.

Vuelvo al punto cero, al mismo lugar en el que estaba al empezar a escribir este artículo, a las no respuestas, a la búsqueda de argumentos que me dejen más tranquila en este momento de mi vida en el que decido que, a pesar de haber leído mucho sobre el amor, que sólo quiero vivirlo, experimentarlo, equivocarme queriendo, en el que asumo ponerme roja y sólo me arrepiento un poquito de decir cómo me siento por WhatsApp.
A ver cuándo mis mariposas se convierten en feministas, joder.

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Un comentario en “Me cago en el amor o cómo tragarte a Alejandro Sanz

  1. ¿por qué no aceptarnos interdependientes?
    Lo poquito que podemos elegir es nuestra actitud vital, ¿no crees? A veces ni eso..
    Cada día me repito “elige quién o qué te doméstica”

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