Vamos juntas al super, prima

Ilustración de Nuria Frago para Pikara Magazine
Ilustración de Nuria Frago para Pikara Magazine

No sé si el amor mueve el mundo, pero, desde luego, nos mueve a nosotras: para soñar, para ilusionarnos, para meter la pata, para conocernos mejor, para pensar, para caminar, para politizar. De verdad que yo jamás había pensado tanto en el amor y me revuelvo al hacerlo porque, en el fondo, me gustaría más poder vivirlo, pero el feminismo me ha llenado de herramientas la caja y, ahora, quiero saber para qué funciona cada una de ellas y no utilizar el martillo para aflojar las tuercas.

Las soluciones, al menos para mí, siempre son una utopia, pero estoy empeñada en aprender a vivir en los caminos, a conformarme, a disfrutar de cada paso. Despotrico con vehemencia de la Gestalt, pero haber querido tanto a alguien que está viviendo un proceso así, deja huella. A veces querría borrarla y otras, tatuarme a fuego esos aprendizajes que me han llegado de refilón. El amor sigue siendo la meta a la que aspiramos todas. Eso lo demuestra que cuando pensamos en “amor” todas entendemos que nos referimos al amor de pareja, pero no siempre lo hacemos evidente porque sonaría redundante. No lo es.

Las relaciones de pareja son esas que parecen asegurarnos la compañía y la estabilidad emocional, los cuidados. Tenemos tan interiorizada esta idea que, inevitablemente, jerarquizamos el resto de nuestras relaciones emocionales: la familia es ese lugar que nos han dado sin preguntar (perdona, ama, por ignorarte por WhatsApp) y las amistades, esas personas con las compartimos ocio por elección; la pareja, la maldita meta. Una vez tienes establecido ese vínculo puede descuidarse, tanto el vínculo que se establece entre las dos personas como el que establecemos como pareja respecto al resto de las personas con las que compartimos vida. No sé si esto pasa en las relaciones heterosexuales, pero entre las bolleras es igual de habitual que preocupante cómo dejamos de ser “tú y yo” para convertirnos en un “nosotras”, en el que todo cabe: “¿Qué vais a hacer hoy?”, preguntan las amigas y nosotras respondemos: “Visitar a la familia”. Esto, si crees en la teoría feminista, acaba ahogándote.

Bueno, que me pierdo por el camino y, aunque lo estoy disfrutando, no quiero olvidar el objetivo de estas líneas: el amor romántico es una mierda, pero más allá de despotricar sobre él y pensar en cómo podemos construir vínculos poliamorosos como si fueran la panacea, ¿por qué no cambiamos de lugar el foco? ¿Por qué no vamos juntas al super, prima? Si tuviéramos redes de apoyo y de cuidados fuertes, con las que podemos contar tanto para echar unas cañas como para ir al médico; si pudiéramos ir con las amigas y los amigos a visitar a la familia o a hacer esos recados tediosos del día a día; si hablásemos con nuestras amigas de todas las miserias que nos acontecen y nos permitiéramos ser con ellas ariscas y desagradables, ¿qué necesitaríamos entonces del amor de pareja? ¿Cómo serían entonces esas relaciones? No sé muy bien cómo explicar esto, pero siento que todas las veces que me agobio por la idea de no tener pareja tiene que ver con el miedo que siento a la soledad aunque esté rodeada de gente maravillosa. Busco, aunque me joda reconocerlo, de una novia que esté siempre que la necesito, que haga conmigo los planes aburridos, que no necesitemos hacer una instancia para vernos, que me acompañe en momentos difíciles, no tener que quitarme el pijama si viene a casa. En definitiva, una confianza que no solemos tener con nuestras amigas porque relacionamos la amistad únicamente con el ocio, el disfrute, lo superficial.

En este contexto capitalista en el que nos ha tocado sobrevivir es difícil establecer vínculos emocionales distintos a los que estamos acostumbradas. La ciudad está diseñada para que apenas se toquen los espacios en los que nos encargamos de nuestras tareas reproductivas y productivas; no vivimos en nuestros barrios ni hablamos con nuestras vecinas. ¿Por qué, por ejemplo, esa tendencia de muchas personas a volver a relacionarse de una manera mucha más cercana con sus familias cuando tienen hijos e hijas descuidando los vínculos amistosos con los que ya no quedan porque no tienen tiempo? Y no me vayáis a decir que tiene que ver con nada biológico. Es más fácil pedir a tus padres que cuiden de tus hijxs que pedírselo a las amigas. Salvo bonitas y esperanzadoras excepciones, claro, en las que estamos viendo que es mucho más potente y poderoso criar en tribu que en soledad. ¿Por qué no vamos con nuestras amigas al mercado si no es un sábado a la mañana y, así, aprovechamos después para echar un pote? Y, sobre todo, y lo más importante, ¿por qué no quedamos con nuestrxs amigxs para limpiar la cocina? Joder, estamos tardando en quedar para eso. Los azulejos de mi cocina tienen mucha mierda.

*Digo todo esto consciente de tener la mejor manada del mundo a mi lado. Os amo, queridas.

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2 comentarios en “Vamos juntas al super, prima

  1. Propuesta para una futura entrega: ¿Qué mal hace la mierda en los azulejos de la cocina? O de cómo, ya que tienes amigas, muchas y buenas, no perdáis el tiempo con chorradas.

    Ánimo y un saludo.

  2. Estoy totalmente de acuerdo. Hoy por primera vez he leído tu blog pero no será la última. Somos muchas con los mismos interrogantes.

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